miércoles, 10 de marzo de 2010


De la nada, de donde pensé que no existía cosa alguna,
de ese lugar utópico donde reposaban mis sueños,
de esa sensación de todas tus energías y de verte diferente,
de allí vienes tú.
Provienes de donde el mundo pagano tiene pureza.
Llegaste con una luz propia que enceguece y envuelve,
que calma, que alivia, que alegra y que aviva.
Tu presencia emana más de lo que pedía,
más de lo que imaginaba, más de lo que clamaba.
Apareciste como parte de un “porque”,
una respuesta, un motivo, un “al fin” y un “ahora entiendo”.
En ti se desvanecen las dudas, las preguntas, los cuestionamientos.
Le das forma a nuevos planes, nuevas estructuras.
Modelas los cambios y las flexibilidades que pensé inertes.
Me obsequiaste sacralidad en mi desconocimiento.
Me impusiste un honor por sorpresa,
una corona simbólica con el traje de tu piel,
luego de poder desinflamar mi garganta desesperada
que te vistió con dos palabras, te dio rango y jerarquía.
Hoy nos enfrentamos a la distancia y al tiempo
corto en números y abismal en la tristeza del que extraña,
del que necesita, del que hace falta…
Y solo puedo recordar tu verbo,
ese que alejó el temor y me lanzó al firmamento
cuando dijiste “no tengas miedo, porque yo también te amo”.

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